Entre el odio y la ternura

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Todo en el valle de Tenza tiene olor a recuerdo y placidez. Pareciera que allí el tiempo corre un poco más lento para incitar a la canción, a la poesía y a la libertad. Y esto no es diferente en Macanal, la bella población que recostada en medio de aromas de cedros y maizales agolpa en su memoria la bravura de caciques teguas y la altivez castellana de guerreros comuneros cuyo mestizaje ha sido capaz de producir en el pueblo las más apacibles historias de amor y los más feroces duelos para definir el dueño del corazón de una muchacha; en Macanal han sido posibles los más delirantes y valientes actos por la emancipación, pero también los más aberrantes y cobardes crímenes por la codicia. Nada en Macanal sucede a medias.

Cuando don Pedro Ignacio Franco, un rico propietario de la región, decidió donar algunas de sus tierras para la fundación de la parroquia, jamás imaginó que ésta se convertiría en refugio de los guerreros que pelearían contra la corona española.

El 30 de abril de 1806, don Pedro Ignacio Franco hizo efectiva su donación y, según un documento del Archivo Histórico de Tunja, don Pedro donó tierras para “la iglesia, casa del cura con solar, plaza con ermitas y humilladero y cárceles de hombres y mujeres y a más de esto las maderas necesarias para las obras públicas y para las casas de habitación de lo que poblen la pretendida parroquia”.

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Desprovistos la mayoría de sus pobladores del peso jerarquizante y servil de la encomienda y la servidumbre, Macanal también proveyó hombres para el ejército del francés Sasmajous y para la guerrilla de los Almeyda. Mucho antes de engrosar el ejército patriota, macanalenses y valletenzanos en general, peleaban por su cuenta y riesgo contra el yugo español.

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