La mentalidad antipolítica

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“La política no puede hacernos a todos felices, pero puede hacernos a todos desgraciados”, dijo el ex presidente español José María Aznar, en un discurso titulado “La reivindicación de la política”. Cierto: la política de izquierdas nos somete al socialismo, que nos roba oportunidades; y así nos hace a todos infelices.

La política liberal, al contrario, impulsa el capitalismo, que no puede hacernos felices, pero nos da oportunidades para labrarnos nuestra felicidad, aunque en grado variable, obvio, dependiendo de las diversas capacidades y habilidades.

Los de izquierda han esparcido una “mentalidad antipolítica”. Es muy hipócrita, porque ellos no dejan de hacer su política; pero es muy efectiva: nos obstaculiza a los liberales hacer la nuestra. Incluso muchos eminentes liberales se han dejado contagiar por esa boba mentalidad antipolítica, que reina soberana en la gran masa de la gente.

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Sin embargo John Locke, “Padre del Liberalismo Clásico”, habló sobre “gobierno por consentimiento”, lo que luego se llamó democracia, y sobre el rol central del Parlamento y los partidos. Y Adam Smith, padre del liberalismo económico, escribió “La Riqueza de las Naciones”, sobre la economía “política”, como parte de una obra mayor, que nunca pudo llegar a escribir: “Los principios generales de la ley y el gobierno”. ¡Nada de antipolítica hay en el liberalismo clásico! Porque política, democracia indirecta o “representativa”, y partidos liberales, son las claves esenciales para promover las leyes buenas, las economías libres y sanas, y el justo orden social.

En cambio, antipolítica, acción directa y aversión a la democracia y los partidos, siempre fueron cosas propias de las izquierdas. ¿Por qué? Simple: el socialismo rehúye el consentimiento, ya que requiere el uso de alguna clase de fuerza para imponerse. Por eso los socialistas no confiaban demasiado en los partidos: los “utópicos” promovían los falansterios y las cooperativas; Marx y Engels confiaban en los sindicatos; Lenin, Mussolini y Hitler organizaron sus fuerzas de choque militarizadas; Castro y el Che Guevara armaron sus guerrillas. Y ahora, en el Foro de Sao Paulo, los “movimientos sociales y fuerzas populares” son el centro, y los partidos de izquierda y “progresistas” son la periferia. Es la realidad.

La antipolítica siempre fue de ley entre estas gentes; nunca entre los liberales consistentes, porque la política liberal es vital para tener capitalismo de libre mercado, y conservarlo vivo.

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