Lo que se juega España en Cataluña

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Mientras la crisis catalana parece consumir todas las energías políticas de nuestra clase dirigente, no parece vislumbrarse al día de hoy una salida razonable, negociada y consensuada al mayor desafío que tiene ante sí la joven democracia española. Cuarenta años de tranquilidad democrática se han visto turbados por la irrupción en escena de un nacionalismo radical, destructivo, ajeno al respeto a las más mínimas normas elementales de un Estado de Derecho y que, en su huida hacia adelante, ha sido capaz de destruir la institucionalidad catalana, aliarse con las fuerzas políticas más radicales del espectro europeo –la tardoestalinista CUP- y embarcarse en un proyecto ilegal sustentado en las más endebles bases, como la famosa y chapucera consulta del uno de octubre.

No les ha bastado con haber destruido la concordia y la convivencia pacífica en la que vivía Cataluña, sino que no han parado en mientes para llevar a cabo el actual proceso de dinamitar a conciencia el diálogo con aquellos que en Cataluña pensaban de otra forma con respecto al dichoso proceso independentista. En su huida hacia adelante, rumbo hacia ninguna parte, fueron capaces de dar rienda suelta a un discurso racista, etnicista, supremacista y burdo, en que los españoles eran retratados como cerdos en sus demostraciones externas y catalogados –sin excepción- como fascistas. Olíamos a pescado, a mierda literalmente, llegó a decir esa gran pensadora de la ignominia y la infamia que es la periodista Pilar Rahola, a la sazón una suerte de Joseph Goebbels femenino del nacionalismo catalán.

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