Un pueblo indígena en pie de guerra en pleno Amazonas: entre el fuego de los otros y el fuego propio

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(Tarilandia, Brasil, enviado especial) Hace más de una hora canta el gallo pero todavía no hay luz. El sonido de los grillos, ante el cacareo penetrante de la mañana, de pronto se vuelve entrañable. ¿Eran grillos lo que escuché toda la noche? Duermo -lo intento- en una aldea perdida de los Ure Eu Wau Wau, en algún lugar cercano a Tarilandia, en el Estado de Rondonia, dentro de una tierra protegida donde no puede -no debe- entrar el «hombre blanco». Salvo que sea acompañando por un indígena, claro.

Los Ure Eu Wau Wau son una de las comunidades más grandes en el estado de Rondonia, aunque las matanzas a través de los años redujeron su población al mínimo. El nombre significa, me dice Boatuto, «pueblo guerrero».

-¿Y Boatuto? ¿Qué significa?

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No responde. Gira la cabeza de un lado al otro como diciendo «nada«. ¿Nada?, le pregunto. «Eso, eso, eso», dice. Maneja un auto Gol color rojo con un ploteado en el capot de dos líneas negras como de auto deportivo. Es el único en su aldea que está en contacto fluido con la gente de las ciudades. Tiene 23 años y es el líder político. Junto a la fundación etnoambiental Kanindé lidera la lucha de su pueblo por expulsar a los invasores que pretenden quedarse con su tierra.

«En enero de este año, después de la asunción de Bolsonaro, aparecieron acá tres hombres blancos, invasores, pero la policía llegó a tiempo y detuvo a uno de ellos que dijo que el presidente le había dado derecho a invadir tierras indígenas… Los otros dos se escaparon así que tenemos que vivir alertas», cuenta. En la entrada del parque nacional hay un cartel que anuncia que es territorio protegido. Desde aquella intrusión está marcado por 29 balazos. Los hombres blancos dando un mensaje.

-¿Tienen miedo?
-No mucho pero un poco.
-¿A que vuelvan?
-Muchas veces los invasores nos han amenazado. Dicen que nos van a matar los chicos y esas cosas.

Los invasores tienen planes concretos a lo largo y a lo ancho de toda la Amazonía Legal: apropiarse de tierras, deforestar, quemar, y plantar pasto para convertirlas en zona de ganadería. Algunos incluso siembran soja primero, como paso previo. Pero todos, por regla general, queman. Y este año, con esa especie de apaño que ofreció el presidente, con mayor intensidad. Para ellos, hay bosques de más y tierras de pastoreo de menos. Esa línea de pensamiento es una de las principales amenazas para el famoso pulmón verde del planeta: que sea tomado por el hombre blanco. Y además están los que no son invasores, los grandes terratenientes que también avanzan en esa dirección.

Pero nada de eso sucedió todavía en la aldea de Boatuto. Sí pasó en otra zona a casi tres horas de distancia, pero no aun donde él vive con su familia. Por ahora, los han mantenido lejos a fuerza de patrullar la zona de manera permanente. Se pintan el cuerpo con tatuajes de batalla, se arman con arco y flecha y machete, y recorren la selva para ver que no haya intrusos.

La selva empieza apenas se pasa el cartel de «tierra protegida«. Ahí está, verde y fresca, la «mata«. El camino se abre paso entre árboles altísimos y frondosos, la característica imagen que cualquiera imagina cuando piensa en la Amazonia. Sin embargo, poco antes de llegar a la aldea vemos un claro. Es más bien un claro oscuro: un terreno de unos quinientos metros cuadrados, acaso mil, donde los árboles están caídos, negros, y echando humo. Un cuadrado deforestando y prendido fuego, con olor a brasa y gusto a ceniza.

Le pido a Boatuto detener el auto, hace caso. Pegado al camino hay un pozo profundo. Era el lugar exacto en el que se sostenía un árbol que ahora está caído a un costado. Del pozo todavía salen algunas llamas, mínimas, y brota un humo denso, casi sin transparencias, humo como de laboratorio.

-¿Quién hizo esto? ¿Los invasores?

Boatuto no responde. Gira la cabeza de un lado al otro como diciendo «nada». ¿La naturaleza?, pregunto. «Eso, eso, eso», dice. Le digo que no es posible. La verdad, no tengo la menor idea de si es posible o no, pero se lo digo y Boatuto se queda pensando. Sabré luego que no piensa en lo que le digo sino, más bien, en lo que no me dice él.

A Tebú le gusta contar historias. Tiene 10 años y 8 hermanos: Boatuto (23), Mandei (24), Awip (20), Kuniate (18), Tarep (16), Apenu (14), Kacha (12) y Purapi (4). Su apellido es de su pueblo, Uru Eu Wau Wau. Una de sus historias favoritas se la contó su tío, Arika, que es además el cacique de la aldea. Es un relato sobre un chico y un fantasma y un fuego. El chico queda solo en medio de un incendio y un fantasma lo guía. Algo así se armó en mi cabeza, producto de ese extraño portugués que se compuso entre mi ignorancia de la lengua y su atolondramiento. Por seguro había un fuego, había un niño y un fantasma.

Tebu nació en su aldea y nunca se fue de ahí. Lo más parecido a una ciudad que conoce es Tarilandia, el pequeño pueblo a pocos kilómetros de su casa. Va a la escuela ahí mismo, en su aldea. Tienen un profesor y un aula muy grande que parece recién construida, pero el último tiempo el profesor no estuvo yendo. Durante el día trabaja cortando y cocinando mandioca. Cortan el arbol, le sacan la corteza, lo dejan en agua, lo prensa, lo pican y lo ponen al horno. Con eso hacen la farinha -que luego venden- y la jija (o shisha o chicha), una especie de jugo de mandioca que me obligan a probar apenas llego. Para mi fortuna, es rico.

Tebu es quien me ayuda a preparar mi cama. Todos en la aldea duermen en hamacas bajo techo. Hay cinco construcciones, levantadas por ellos mismos con pisos de cemento y paredes de madera. Tienen una cocina que no usan más que para guardar los elementos. Para cocinar hacen pequeños fuegos en la tierra y ponen las cacerolas sobre piedras. No hay un lugar fijo donde hacer la fogata, todo espacio es plausible de arder.

-Tebu, ¿qué está antes: la naturaleza o el hombre?
-La naturaleza.
-¿Qué es la naturaleza?
-Nuestra tierra.
-¿Es buena?
-Siempre.
-¿Y el hombre es bueno?
-No siempre. Hace cosas malas.
-¿Como qué?
-La deforestación.

El cacique de la aldea duerme en una habitación en la que cuelgan cuatro hamacas. Sobre la pared hay una televisión que el cacique mira muchas horas al día desde una silla en la esquina del ambiente. Me saluda sin mirarme, levantando apenas la mano izquierda.

Tebu duerme en esa misma casa. Boatuto en otra con su esposa. La abuela y el abuelo de la familia en otra, pero están construyendo una nueva. Ya está montado el piso y las columnas de madera. Tebu me señala una parte del suelo donde hay un montículo de cemento. «Mi otra abuela», dice. «Es nuestro cementerio». Pienso que es otra de sus historias, pero Boatuto dirá luego que es verdad, que ahí mismo debajo del piso de la casa nueva hicieron la fosa de la familia, donde está la abuela muerta y donde estará el próximo en morir.

Tebu tiene los ojos y el pelo negros como una pantera. Usa un jean que le cubre las piernas hasta las rodillas y va en patas a todos lados. Es él quien me ayuda a montar mi hamaca. La compré por pedido de Boatuto. Sus únicas condiciones para dejarme dormir con ellos fueron que comprara provisiones y llevara una hamaca. Tebu es también quien me dice que el incendio al lado de la aldea no lo produjo la naturaleza sino ellos.

Se hace de noche. Comemos todos juntos sentados alrededor de un fuego. Un fuego pequeño. Un fuego tribal e inofensivo que nos permite vernos apenas las caras. Los Ure Eu Wau Wau hacen fuego con facilidad. Arriba, en la oscuridad, las estrellas replandecen nítidas y tal vez un poco más cerca de lo que están en la ciudad. Vuelvo a preguntar a Boatuto quién hizo el fuego en la zona quemada que habíamos visto antes, y en los otros terrenos también quemados alrededor de la aldea.

Su abuela se llama Borea y tiene 80 años. Es la única de la aldea que no sonríe. Ella, su marido, uno de sus hijos y dos de sus nietas tienen tatuajes en la cara. El resto de la familia no, no quiso. Pero Borea sí, aunque ya casi borrados. Son como ríos en curva que salen del centro del labio inferior y se bifurcan hacia los lados a la altura de la pera. Me acerco a Borea mientras comemos. Me mira sin gusto, termina su comida y se aleja.

Una de las chicas se rie. «No le gustan los extranjeros«, dice. Tiene un collar de dientes colgado. Boatuto nota mi curiosidad y me dice que su hermana -Kacha- se acaba de convertir en mujer, así que lleva ese distintivo como celebración. Puede tenerlo unos días o un mes, depende de ella. La felicito, sin saber muy bien qué es lo que corresponde a la situación. Se ríe. Vuelvo a insistir sobre el fuego. ¿Para qué queman?

La explicación la completaré luego con un funcionario del ICMbio (Instituto Chico Mendes para la Conservación de la Biodiversidad): algunos pueblos indígenas queman tierras después de un tiempo para dejarlas vacías una temporada y rotar la plantación. La diferencia principal es que los invasores plantan pasto apenas queman, para evitar que se recupere el monte. En la aldea en cambio van a plantar mandioca y banana, y van a vivir y alimentarse con eso.

La familia se va a dormir y quedo solo en mi hamaca debajo de un techo de paja. A pocos metros, veo la casa a medio hacer con el cementerio a la vista. Un loro camina prudente cerca de mí, hay dos en la aldea, pero ninguno habla. Veo entonces a Tebu acercarse desde su casa. Trae dos mantas en los brazos. Me da una y me dice que a la noche hace frío. La noche para mí durará hasta las cuatro o cinco de la mañana, cuando comience a cantar el gallo.

Tebu pone la segunda manta en una hamaca al lado de la mía. No dice mucho, simplemente se acuesta ahí y me pregunta si quiero escuchar una historia. Le digo que sí. Estamos solos en la tierra protegida. La amazonía, alrededor: arriba, debajo de nuestros píes. Se escuchan los grillos, o lo que sea que la naturaleza reservó para nosotros. «Gracias Tebu, sos un buen amigo», le digo, cuando me doy cuenta de que va a dormir a mi lado para que no esté solo. No responde, pero veo que sonríe. Le pregunto cuál es su historia favorita. La del chico y el fuego, me dice.

-¿Cómo es?
-Trata sobre un chico que encendió un fuego porque su padre se lo dijo.
-¿Y qué pasó?
-El chico corrió.
-¿Por qué?
-Porque le dio miedo.
-¿Por qué?
-Porque estaba muy grande el fuego.
-¿Y para dónde corrió?
-Para la casa.
-¿Y su padre?
-También se fue.
-¿No corrió?
-No.
-¿Y el fuego?
-Se apagó solo.

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